Los nacidos para la guerra son una paradoja. Por un lado, son las más feroces bestias de guerra. Por el otro, observándolos en su día a día, a veces parecen actores interpretando una comedia. Una que puede repentinamente convertirse en una aterradora tragedia, por supuesto. Como su prisionero, fui testigo de la estrafalaria sucesión de desafíos conocida como los Juegos. Comenzaron con la más cómica, o al menos la que provocó mayor cantidad de risas: el lanzamiento de lechones. Era sorprendente como algo realmente cruento podía rápidamente pasar a ser algo sagrado y venerado, algo tan habitual en la cultura de los nacidos para la guerra.
Cada grupo de orcos elegía a un equipo de dos, equipados con un cerdo peludo, ungido por un aceite especial por los chamanes. Parece ser que este aceite impedía que el cerdo ardiera demasiado fácilmente o demasiado rápido. Una vez el caudillo diera la señal, se prendían los lechones y se lanzaban. Teóricamente, aquel que alcanzara la mayor distancia es el ganador. Obviamente, el juego pronto se reducía a un completo caos: algunos cerdos morían instantáneamente, otros corrían directamente hacia el campamento, prendiendo todo aquello que tocaban. Cuando finalmente se determina el ganador, si es que sigue con vida, este es consagrado y considerado intocable hasta el año siguiente, mientras que todos los demás son rápidamente sacrificados por la multitud y devorados.