Elfos, desde la perspectiva del Ermitaño Loco

Distantes, engreídos, arrogantes... ¿debería seguir? Por supuesto, se volvieron así por vivir en esas torres que tocan el cielo, siempre lo he dicho. Vivir en torres es una vieja tradición Arandái —lo hacen desde que salieron de puntillas del gran bosque y empezaron a reinar por encima del resto de nosotros—. No se detuvieron en las colinas y los valles; después fueron ríos y océanos. Descubrieron sus preciosas islas de blancos acantilados y construyeron torres allí también. Imaginativamente las llamaron «Celeda Ablán» —Islas Blancas—. Como si las torres no fueran lo suficientemente exclusivas; hablando de complejo de superioridad.

Pero las islas no fueron suficiente, oh no. ¡Pronto regresaron! Trataron de gobernar los bosques de nuevo. A los silvanos no les gustó mucho eso, déjame que te diga. Les dieron «derechos de tala» a los enanos, ¡ja! Los barbas tenían algunas cosas que decir cuando los salvajes elfos del bosque empezaron a matarlos según se acercaron. Para un enano, cualquier cosa con orejas puntiagudas es lo mismo. Había algo de mala sangre en esos tiempos... oh dioses, tanta sangre. No terminó ahí, tampoco. Cuando las cosas empezaron a pintar mal en los tiempos de la Ruina, los Nobles se volvieron contra ellos mismos. Los ricachones de Celeda Ablán pensaban que los que se quedaban en Vetia no eran lo suficientemente civilizados como para merecer ser rescatados, los dejaron a merced de las bestias y los orcos. Los que lograron regresar ni siquiera fueron permitidos en las islas, tuvieron que asentarse en las tierras occidentales. Tuvieron una gran guerra por eso; ¡ahora tenemos malditos elfos de la oscuridad!