—Meltav. Tú eres un enano.
—Y tú eres muy observador. ¿Es la barba o l’hacha que m’ha delatao?
—Lo que quiero decir, Meltav, es que puede que tú puedas darnos ciertos consejos tácticos con respecto al enemigo al que esta compañía se enfrenta mañana.
—Ah, quieto parao, Vicenzo. Tu ‘ices enanos orientales, de las tierras infernales. No sé una maldita cosa d’ellos.
—Bueno, intentémoslo.
—’Tá bien. Vi sus armas cuando las ponían en posición. Grandes tronchos tienen. Sobrecargadas si t’interesa mi opinión.
—Sí Meltav, nos interesa tu opinión.
—Vale, vale. Son extrañas. Cualquier artesano probaría sus armas, y s’aseguraría que uno sabe q’hacen cuando las ve. ¿Esas? Son terriblemente obscenas. Y que m’aspen si sé para qué narices son.