Así es que nuestras almas en la muerte cruzan el Velo, para ser reclamadas por los dioses y encontrar el hogar eterno en los baluartes de las deidades humanas, o los reinos mágicos de los dioses élficos. Allí descansamos, y prestamos nuestra fuerza a los seres Inmortales a quienes servimos en vida. Unos pocos elegidos, según dicen, los mayores en alma y espíritu, podrán ser escogidos para renacer en este Reino Mortal, para luchar en nombre de su dios una vez más. Para los mortales ordinarios, lo más que podemos esperar es servir bien, y ganarnos la protección de los dioses. El modo de esta devoción varía ampliamente: enanos con sus adustos rituales, ogros y sus grandes festines, nacidos para la guerra y sus ofrendas de sangre y batalla. Recorro el mundo en búsqueda de un dios que inspire esta pasión en mí y para consagrarme a ello, en la esperanza de ganar un lugar en la eternidad.