La vez que perdí una oreja…

¿Que cómo perdí la oreja? Te lo contaré, pero tienes que hablarme más alto por este lado.

Mi ama me llevó una vez a servirla a la gran arena de Caen Dracin. Me pasé la tarde sirviendo vino mientras ella hablaba con sus iguales. Cuando las grandes puertas de hierro retumbaron al abrirse para el combate final, quedé asombrado. De ellas salió una monstruosidad que sólo podría haber imaginado en mis peores pesadillas. El estruendo de la multitud fue tan intenso como mi horror. Habría supuesto que la bestia era un dragón si no fuera por su carencia de alas. Tenía una gran cabeza serpentina al final de su grueso cuello y una larga cola escamada. Lo más llamativo eran sus brillantes ojos amarillos en los que se adivinaba una inteligencia que no habría esperado de un reptil. En el lado opuesto de la arena, otra bestia dracónida emergió de otro rastrillo alzado. Ésta era un poco distinta, tenía el cuerpo de un dragón, pero el torso y la cabeza de un humano gigantesco. Sostenía un hacha enorme del tamaño de un armario en su mano derecha, y supuse que era uno de esos legendarios feldraks. Sin ninguna presentación, ambas bestias fueron azotadas e instigadas una contra otra. Conforme se acercaban, los latigazos y pinchazos de los domadores hicieron brotar sangre negra de los flancos del primer lagarto. Al enfurecerse el monstruo, otra cabeza y cuello brotaron de sus hombros. El proceso era fascinante de ver, y yo observaba con la boca abierta como una cabeza se convertía en dos, y dos en cuatro, cada una con mandíbulas llenas de dientes afilados como cuchillas. Esa fue la primera vez que vi una hidra y por los dioses, me alegro de que fuera la última.
¡Cuando las dos monstruosidades chocaron en el centro, el entusiasmo de la multitud aumentó hasta un aullido ensordecedor! En medio de la cacofonía, los espectadores sedientos de sangre hacían apuestas sobre qué bestia devoraría a la otra: la hidra escupiendo bilis ácida o el feldrak con la enorme hacha que ahora llegaba al encuentro de las numerosas cabezas del lagarto. La hidra hundió sus colmillos en el hombro del mestizo gigante. El dolor se apreciaba en la cara del feldrak. Su carne hervía y burbujeaba alrededor de la herida conforme el ácido veneno de la hidra se introducía en su piel. En retorno, el gigante dracónido lanzó su hacha en un poderoso golpe sobre el cuello de la cabeza que le mordía. Casi la corta de cuajo, mandándola en un retorcer errático, salpicando la arena con su negra sangre.
La hidra no se inmutó. El público gritó de emoción cuando reemplazando la cabeza destrozada, dos más manaron de sus hombros y se lanzaron al ataque. El gigante desviaba furiosamente los mordiscos y embestidas que le asestaban desde todos los ángulos. Los hachazos en las cabezas y cortes en los cuellos eran totalmente ignorados y en ocasiones las heridas abiertas volvían a cerrarse en una abrir y cerrar de ojos. Cada cabeza adicional podía morder y distraer al enemigo, pero no tenían el mismo brillo de inteligencia que la primera en sus ojos amarillos. Sin embargo, contaban con la superioridad numérica. Aprovechando la ventaja, los domadores de la hidra la incitaron a avanzar.
El agresivo asalto permitió al feldrak pasar bajo las salvajes mandíbulas y, soltando el hacha, agarró los cuellos retorcidos con sus poderosos brazos. Las bestias quedaron enzarzadas en un violento forcejeo sobre la arena. El feldrak trataba de ahogar a la hidra, cuyas cabezas descargaban envenenados mordiscos desesperadamente sobre la piel desprotegida de su oponente.
Los musculosos brazos del semidragón eran implacables. Poco a poco, las cabezas de la hidra fueron cayendo inconscientes, una a una. Los gritos de la multitud poco a poco fueron disminuyendo conforme el lagarto de múltiples cabezas dejaba de retorcerse y se quedaba quieto. En el silencio, la monstruosa figura del feldrak se irguió sobre la arena, cubierto de sangre negra y respirando con fuerza. Cuando el polvo se asentó, pudo verse la desplomada forma de la hidra y sus múltiples cuellos inertes, como marchitos tentáculos sin vida.
En medio del enredo, se abrió un ojo amarillo brillando con malicia. De repente la previamente estática masa volvió a la vida como si un centenar de serpientes se hubieran enfurecido en ese instante. La multitud estalló en un aullido. La velocidad y ferocidad del renovado asalto pilló al feldrak desprevenido. Trató de desviar el ataque desesperadamente, pero la cabeza de brillantes ojos amarillos le hundió sus colmillos en el cuello hiriéndolo mortalmente. Ahora era el turno de la hidra de erguirse victoriosa frente a la exultante multitud. Las múltiples cabezas comenzaron a marchitarse y caer al suelo, hasta que a la hidra solo le quedó una, con los fríos y calculadores ojos amarillos. El monstruo procedió a consumir vorazmente los ennegrecidos miembros de los que se había desprendido.
Fue en ese momento cuando recordé dónde estaba, demasiado tarde. Me doblé y caí al suelo del puñetazo que recibí en el estómago. Mi ama se agachó sobre mí y, con un cuchillo curvo, me cortó la oreja. Ese fue el precio que pagué por el espectáculo de Caen Dracin cuando debería haber estado escuchando las peticiones de vino de mi dueña.