Honorable director:
Le escribo con mis últimos hallazgos en la investigación del fallecimiento de su sobrino en la batalla de Tulpenfeld durante el incidente de la Comadreja Plateada. En una reciente audiencia en una mansión de uno de los nobles de Aldán tuve el dudoso honor de conocer a uno de nuestros "colegas» elfos y el desagrado de ser groseramente instruido por mi aparente ignorancia en la materia de las instituciones de enseñanza Arandái. Aunque no es un secreto para nadie dedicado a la cultura tradicional élfica que poseen universidades similares a las nuestras, el nivel de división ideológica entre ellos ha sido hasta la fecha, hasta donde yo sé, completamente desconocido. Nuestras estimadas instituciones discuten y pelean, pero nuestras diferencias parecen insignificantes en comparación, centrándose en los diezmos y las monedas en lugar de en el alma misma de una civilización. Mi «tutor» disfrutó de la oportunidad de «educarme» en la materia.
Por lo que pude averiguar, en la época de la Santa Doncella hubo un cisma en la legendaria universidad de Asfâda. Un grupo de individuos, que mi interlocutor denominó apóstatas, acusó al resto de las calamidades de las eras anteriores debido a lo que ellos vieron como el abandono de lo que realmente significaba ser un elfo.
Estas almas «descarriadas» decidieron degradar su vocación reintroduciendo las enseñanzas de sus salvajes antepasados élficos y abriendo sus mentes a las heréticas ideas del otro lado del mar occidental en su estúpida búsqueda de la perfección. Para ocultar su herejía envolvieron su camino hacia la «ilustración» en un dogma religioso que afirmaba que a través de sus acciones honraban a los dioses —Amhar, Meritaur, Meladys, Amryl y Nab —y mantenían el equilibrio del espíritu élfico.
Sin embargo, mi «tutor» afirmó que fracasaron completamente en su búsqueda y sólo lograron empañar su nobleza élfica invitando al salvajismo en sus corazones y mentes, no siendo ya dignos de ser llamados eruditos, sino asesinos y prestidigitadores de trucos baratos. La imagen que me llevé de estos supuestos Maestros de Canrac coincide perfectamente con los informes de Tulpenfeld y la descripción del torbellino de pelo rubio que talló un camino sangriento a través del séquito del alcalde, aunque no había nada de truco en su habilidad. El nivel de gusto con el que el mago de Asfâda ensució la imagen de sus rivales pone en duda la veracidad de su historia. He presentado una petición ante las oficinas pertinentes del Trono de Perla para que se me permita contactar con Canrac o acceder a una de las bibliotecas de los elfos de Aldán y conocer la verdad por mí mismo.
Espero que esta carta llegue a usted correctamente y que el infractor de este crimen sea llevado ante la justicia pronto, incluso si solo fuese justicia élfica.
Atentamente,
Gunther Faust